Tzilzapoyo: comunidad náhuatl enterrada entre piedra, lodo y olvido

Tzilzapoyo: comunidad náhuatl enterrada entre piedra, lodo y olvido

Zontecomatlán, Ver. –El cerro comenzó a gemir antes de que cantaran los gallos. Eran cerca de las cinco de la mañana del 10 de octubre cuando la tierra se quebró en Tzilzapoyo, un pequeño barrio indígena enclavado en la Huasteca veracruzana. En menos de una hora, la vida de 50 familias cambió para siempre.

Mientras los medios nacionales e internacionales centraban su atención en los desbordamientos de ríos que azotaron el norte de Veracruz, en Tzilzapoyo —“Lugar de muchos árboles”, en náhuatl— el desastre se vivía en silencio. Doce deslaves colapsaron la única carretera que conecta con el exterior, derribaron antenas, cortaron la luz, y dejaron incomunicadas a unas 220 personas. Nadie los vio. Nadie los escuchó.

“Una hora más y hubiera habido muchos muertos”, dice Rufino de la Cruz, mientras arrastra una carretilla con una maleta sucia de lodo. No tuvo tiempo de empacar. Corrió junto a sus padres y una menor que cuida, sin mirar atrás, cuando la montaña comenzó a rugir.

El cerro cayó como una avalancha de piedra y lodo, sepultando cerca de diez hectáreas de tierra cultivable. Con ellas, se fueron el maíz, los chayotes, las paguas, los mangos… el sustento de decenas de familias que ahora viven entre la incertidumbre y la necesidad.

Durante nueve días, nadie llegó a ayudarlos. Sin comida, sin agua potable y sin forma de pedir auxilio, los propios habitantes se organizaron. Con palas y manos desnudas comenzaron a liberar el camino bloqueado, solo así pudieron salir a buscar alimentos básicos. La solidaridad se hizo refugio: unas familias acogieron a otras, mientras que los salones de la primaria indígena Rafael Ramírez se transformaron en albergue improvisado.

“Dormimos sobre cobijas en el suelo. Aún sale agua del cerro, por eso no regresamos a nuestras casas, no se puede dormir a gusto”, dice entre lágrimas Marcela Pérez, cuyo hogar quedó al borde del desastre.

En esa misma escuela, Dominga Cortés Bautista recuerda el momento con un nudo en la garganta: “Jamás olvidaremos lo ocurrido. Tengo grabado en mi mente el sonido del cerro cayéndose, cómo bajaban los árboles y las piedras”.

 

El derrumbe no cobró vidas humanas, pero se llevó la paz, el sustento y la certeza del mañana. El manantial que abastecía de agua a la comunidad quedó sepultado, y con él, una parte vital de su existencia. La tierra ya no es fértil; ahora es una amenaza.

“No estamos inventando nada. Es un riesgo vivir ahí, y necesitamos que se confirme con un estudio o que nos reubiquen”, exige Rufino. Pero la esperanza sigue en pausa.

A pesar de la indiferencia del gobierno federal, estatal y municipal —que prometieron no olvidarse de los pueblos originarios—, las y los habitantes de Tzilzapoyo no bajan los brazos. Han recibido apoyo de particulares: despensas, cobijas, algo de consuelo. Pero el hambre aprieta y el desabasto de maíz, aceite y colchonetas no permite descanso.

Hoy temen que, cuando las clases se reanuden, tengan que abandonar también su último refugio: las aulas de la primaria.

Desde una humilde cocina improvisada en la escuela, Dominga lanza un grito: “Le pedimos a la gobernadora Rocío Nahle que no se olvide de nosotros. Ya no tenemos dónde vivir”.

Tzilzapoyo no aparece en los titulares ni en las transmisiones en vivo. Pero allí, donde el lodo aún huele a tragedia y el silencio pesa más que la piedra, vive una comunidad que resiste. Entre el abandono y la esperanza.

Por: Benjamín Portilla

 

 

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